Alcancé a escuchar la canción que tarareaba, era bastante fácil saber que había venido escuchando en el metro. Como siempre, como cada jueves, se tomó su tiempo para meterse los auriculares en el bolsillo, guardar el móvil, quitarse el abrigo, guardar el gorro y alborotarse el pelo, todo eso como un rito de culto, sin abrir la boca, muchas noches ni siquiera miraba a nadie, esa noche miró varias veces hacia donde yo estaba. Solo después de haberse desprendido de todo y haber ido al fondo a coger un taburete inclinó su tronco por encima de la barra y me dio un abrazo. Me acerqué hacia la nevera y cogí una cerveza del fondo, mientras una sonrisa se dibujaba en mi cara, recordando a la chica rubia que dos minutos antes había entrado. Ella aun no le había visto, pero seguro que él a ella sí. “Una chica con suerte” pensé en aquel momento. Nadie sabía su verdadero nombre. Todo el mundo le llamaba Todd. Cuando le preguntabas siempre te contestaba que hacía años que se llamaba así, no tenía otro nombre. Yo siempre pensé que su madre, o alguno de sus amigos, a los que por cierto nunca pude conocer, le llamarían de otra forma. Alguna noche se me pasó por la cabeza pedirle el carnet, pero seguro que su excusa sería tan buena, que no volvía a preguntar más. Nunca supe que le veía a ese bar, ni siquiera a mi me gustaba, y llevaba ya dos años viéndolo todos los días. La música era la misma que en cualquiera bar de la zona de Malasaña, la cerveza, no se, Heineken hay en todos lados, ¿chicas?, nunca le gustaron las chicas de ese bar, siempre se las traía él, siempre no, esa noche no. Ni siquiera creo que yo, “su camarero favorito”, le cayera bien. Me quede mirándolo, como muchas noches me dedicaba a hacer, ciertamente este trabajo era bastante aburrido. Vaqueros negros, más anchos de los que dictan los cánones, más bajos de lo que me los pondría yo. La sudadera gris, de alguna marca de la suyas, remangado, siempre se subía las mangas. Era un vanidoso, solo quería que las chicas vieran sus tatuajes. Unas letras, probablemente en algún dialecto del árabe, le recorrían más de la mitad del brazo izquierdo, otro de sus misterios, cuando le preguntaban por ellas, siempre decía: “Son simples garabatos que hizo mi hermano de pequeño”. La mano y el brazo derecho estaban reservados para sus estrambóticos gustos, un alfabeto griego completo que le recorría casi todo el antebrazo, una T que le cruzaba la parte superior de la mano y la muñeca, y un pentágrama que lo rodeaba casi a la altura del codo y en la que había dibujadas una clave de sol, una clave de Fa acompañada de un sostenido en si, y una redonda en sol. No le veía los pies, pero seguro que llevaba unas converses más sucias de los que la calle sola podía haberlas ensuciado. Tres pendientes, tres pendientes de madera, que iba intercambiando. Y su gorro, el que se quitaba y se ponía doce veces cada noche, ese gorro tan hortera, “Será muy guapo, pero combina fatal”. Volví en mi cuando la cuarta persona de esa noche entraba por la puerta y fui a atenderle.
Para entonces ya se había acercado los dos palmos de rigor y ya le susurraba algo al oído a la chica rubia. “Esta noche se ira antes de tiempo” pensé en ese momento y que poco equivocado estaba. Nunca le había visto ser rechazado por nadie, a esas alturas había perdido la esperanza de que alguna chica le rechazara en mi presencia
-Ahora es cuando tu me dices tu nombre- Le solté confiado en mi mismo. “A las chicas les gusta esto” pensé.
-¿Que te hace pensar que yo- recalcó toda la frase en el pronombre- te voy a decir por las buenas como me llamo? Y después es cuando te digo el nombre de mis tres gatos y la dirección de mi casa, aunque no te importe porque lo único que quieres es que vayamos ahí detrás a ver que puedes conseguir hacer conmigo.
-Pues…-
No se esperaba para nada esa respuesta, pero ella se creía muy lista. Sin quitar la cara de póker y señalándose con los dos dedos la figura añadió:- Porque soy Todd.
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