Dos horas hacía ya. Dos malditas horas.
Había llegado de clase como cualquier día normal, todavía no hacia el frío estrepitoso que debe hacer a finales de octubre en la capital. Llevaba toda la tarde dando vueltas al tema, poniendo en su cabeza una lista imaginaria de pros y contras, en varias ocasiones la gente de clase le había sacado de la ensoñación con alguna colleja o alguna broma de mal gusto. Es por éso que no se relacionaba con ellos, no tenia necesidad de contacto humano con personas cuya máxima aspiración era quien ganaría el pichichi ese año.
Ahora de vuelta a la habitación, al balcón de siempre. "A lo mejor ella esperaba que la llamara antes, a lo mejor aún tengo que hacerme el interesante un poco más, ¿y si no me lo coge?,¿ y si esta ocupado? puede ser que solo tenga esta oportunidad". Dos malditas horas después descolgó el fijo de casa y marcó el numero que llevaba apuntado en aquel papel rosita, los numero no podían ser de otro color que no fuera azul, claro. Un sudor frío recorrió su espalda, y por fin sonó el primer tono. Sintió un impulso demasiado grande de colgar, romper el papel y irse a su habitación a llorar, a llorar por su cobardía. Segundo tono, apenas podía sujetar el auricular contra la oreja, se repetía en su cabeza lo que diría cuando contestara ella. Tercer tono, se sintió aliviado, no lo va a coger, era lo normal. De repente alguien descolgó al otro lado y pregunto con suave voz -"¿Quien es?"- Su voz era como recordaba, tal y como se la había imaginado en los dos días que habían pasado. Se le había olvidado el monologo que llevaba repitiéndose en los dos siglos que pasaron entre el primer y el tercer tono. Así que fue él mismo.
Se sentó en un banco y se puso a juguetear con el móvil, apoyó el café en el banco, ya estaba frío "Deja ya de pedir el vice, Gabriel". Llegaba cinco minutos antes de la hora, era típico en él la ultra puntualidad, odiaba hacer esperar a la gente. Plaza de España tenia un color anaranjado y verde muy otoñal, pero el sol seguía calentando tanto que le sobraba la sudadera. Pasaban cinco minutos de las 12 en punto, los cinco minutos de rigor, cuando alguien le golpeó en el hombro.
-Hola, ¿llego muy tarde?- Y antes de que el pudiera contestar a aquellos ojos azules ya estaba dándole dos besos- Bueno, ¿donde vamos? Conozco una cafetería perfecta aquí a lado. ¿Te gusta el café Africano? Te gustara seguro.
Le encantaba que ella no le dejara hablar, siempre lo hizo. Por otro lado, el estaba temblando, y no había podido articular ni una sola palabra, ella parecía rígida, fría. Pero a la vez era cálida y cercana. El ya había tomado café ¿Pero que más da?
Mientras hablaban de infinidad de trivialidades sin sentido, y de cosas de sus vidas cotidianas, como si fueran dos conocidos de toda la vida, él no podía dejar de mirarla a los ojos y de recordar la misma frase "Con dos emes por favor". Eran tiempos felices.
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